Feb 11, 2010

En pocas palabras.




Nada comparable a la emoción que sentíamos de niños. Esa emoción que te llenaba todo el pecho y te ponía a saltar; la anticipación a un juguete, la llegada de alguien, ganar una cascarita, ser la mejor en la clase, cosas sencillas pero grandes por su significado y la simpleza del contexto en el que nos desarrollábamos.

Cuando te conviertes en un puberto molesto y desubicado, descubres que la vida es una saboteadora y te cobra caro la divertida que te diste de niño. Abres los ojos y te golpean las decepciones por primera vez. Rencoroso, te vas dando cuenta de lo fácil que se deshacen tus deseos, por más importantes que sean.

Ya que tuviste una racha de volatilidad, inicias una etapa donde las caídas no se sienten tanto. Todas las decepciones valen la pena y la vida no vale sin ellas. Eres invencible, todo se puede lograr y si te caes las cicatrices no duran ni un segundo en sanar. Ya estás de vuelta en el camino listo para extasiarte con una nueva y prometedora idea de éxito.

Si tienes suerte y maduras al término todas esas caídas, te conviertes en un adulto joven. Las decepciones disminuyen, pero al mismo tiempo cobran valor. Tu decepcionómetro llega a niveles más altos sin que te deprimas. Te contienes cuando una idea te emociona, porque puede terminar en un fracaso, ya no emprendes sueños imaginarios sin costear el valor de una posible falla, las expectativas son más realistas. No construyes más castillos en el aire. Hoy sé que superar las decepciones te hace resistente y demasiadas decepciones te agrietan el alma.

What doesn't kill you makes you stronger, but if I ain't feeling any stronger does it mean I’m dying slowly?